La idea naciente

Luz y oscuridad

Una idea vino de repente, como si quisiera complicar la existencia de un modo agridulce. Empezó a cegar, como cualquier luz sorpresiva del amanecer, que hasta el más confundido se dejaría llevar. O quizás no es confusión, mejor sería como una pequeña certeza que punza en lo más profundo de la oscuridad. Cada paso, cada pensamiento tiene una dirección extraña y abrumadora. Conforta al que la ve desde afuera pero también congela hasta que dicha luz no tenga cimiento. Si no tuviera cimiento, se derrumbaría cual edificio mal edificado.

No obstante, cuando tiene cimientos firmes, para sorprender aún más, esa idea atraviesa limites oníricos. Los sueños juegan con memorias recientes, y te encienden la luz hacia un futuro que ni sabes si llegará. Poblando el subconsciente, ya casi ni controlas lo que sientes, te ciega más el resplandor de la luz ya algo lejana, pero a la vez misteriosamente cercana. Es una ceguera que a pesar de todo te deja algo de consciencia.

Está bien claro que casi nadie puede entender la luz que vive en uno bien adentro. La mente y el corazón son universos paralelos… a veces complementarios, a veces entrometidos, a veces dormidos, y otras veces bien activos.

Si me preguntas porqué digo un monologo carente de sentido, realmente no importa. Al fin y al cabo, esa idea es una luz única. Y sólo una vez se encuentra con otra luz similar confluyente.

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